El último gesto

Verla postrada, todos los días, en esa cama me destroza el alma. Su corazón no soporta este amor… y el mío, menos. Inicio la tan esperada  y ya innecesaria confesión de amor y ella, colocando sus fríos dedos en mis labios, pide que guarde silencio.

Edgardo Licona Mejía

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